Adicto a la música, a lo obscuro, a lo dulce, a los abrazos sinceros, a las sonrisas mudas, a las palabras casuales, a dormir durante la noche, al agua de cordillera, al barro, la comida picante, al gore accidental, a tus piernas cruzándome, a moverme en esencia, a los polos opuestos, a las miradas cómplices, adicto a lo obvio, al viento frío, al limón destrozado,
al conjunto de frecuencias,
a descubrirme con la boca abierta, mirándote y caminando acá,
con la inseguridad de haber sacado la puerta de entrada,
regresándola en la oscuridad y cerrar con alguien que aprovechó el descuido.
Adicto al púrpura, a las manos amables, a los gestos sincrónicos, a las nubes, al sol humilde, a la cerámica tibia, a la gente con secretos, al ruido de la tormenta lejana... que antoja mencionarse en mis sueños como una especia de energía destructora.
Expresada en forma de moscas electrónicas,
derivadas de las que fabricó MonsantoM (la gran madre) hace ya varios meses.
Se meten a mi piel a través de un corte que hizo la primera de ellas en mi mano derecha,
hace siglos.
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